¿Por qué se padece agorafobia?

La agorafobia es un trastorno que va instaurándose de forma progresiva, hasta convertirse en uno de los trastornos más incapacitantes que existen. En un primer momento, el trastorno puede generarse por una experiencia negativa de la persona en una situación determinada. Por ejemplo, la persona puede estar en un espectáculo o en un centro comercial saturado de gente y sentirse incómoda. Esto puede desatar algunos síntomas de ansiedad, como taquicardia o sensación de ahogo.

La persona empezará a identificar ese tipo de situaciones con esos síntomas fisiológicos, de manera que su ansiedad se desatará cuando se encuentre en una situación similar. En el caso de la agorafobia, esos mismos síntomas fisiológicos despiertan, de manera inmediata, pensamientos irracionales y angustiosos. La persona, por ejemplo, al sentir taquicardia, puede pensar que va a morirse de un infarto, lo que disparará aún más su ansiedad y hará que los síntomas fisiológicos sean aún más fuertes. Estos pensamientos angustiosos pueden ser de muchos tipos: miedo a morir, a desmayarse, a vomitar, a perder el control, a hacer el ridículo, a volverse loco…

Los pensamientos negativos, unidos a los síntomas fisiológicos, hacen que la persona se asuste aún más y pase de sufrir ansiedad a un auténtico ataque de pánico. Este ataque se desata en segundos y llega en pocos minutos a su punto más alto. A pesar de que, por razones fisiológicas, el ataque de pánico desaparece por sí solo en cuestión de unos minutos más, la persona agorafóbica teme no poder soportarlo y que dure para siempre (hasta que se vuelva loco o muera de terror), por lo que intentará escapar de la situación sea como sea.

Ante el miedo continuo a padecer uno de esos ataques de pánico y no ser capaz de escapar de la situación o encontrar a alguien que lo ayude, los agorafóbicos empiezan a evitar las situaciones en las que la ansiedad pueda dispararse. Así, evitarán las aglomeraciones, las horas punta en los supermercados, salir a la calle en días de fiesta… Pueden intentar convencer a familiares y amigos para que les acompañen a cualquier sitio, con el objetivo de tener siempre al lado a alguien que pueda socorrerles si el ataque de pánico aparece.

Con estas conductas de evitación, lo que consiguen es ir reforzando la fobia. Si no se le pone remedio, la persona irá generalizando su miedo a cada vez más situaciones y los síntomas se harán más fuertes y frecuentes. Por ello, la persona intentará recluirse en un “círculo de seguridad”, que es el espacio en el que se siente segura. Con el paso del tiempo, ese círculo irá reduciéndose y los lugares temidos serán cada vez más numerosos. Los pacientes con agorafobia pueden acabar recluidos en su casa durante años, perdiendo oportunidades profesionales y relaciones sociales y viendo como su vida cotidiana está totalmente dominada por una fobia que les convierte en seres dependientes y prisioneros de su propio miedo.

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